Por Javier Labrada
El 3
de febrero de 1932, en las primeras horas de la madrugada, un violento
terremoto constituido por cuatro fortísimas sacudidas llevo el terror y la
desolación a la ciudad de Santiago de Cuba.
Según
los registros del científico, astrónomo y periodista catalán Josep Comas Solá,
quien publicara la información para su columna en el periódico “La Vanguardia”,
se registró un número no escaso de víctimas y pérdidas materiales. A las
intensas sacudidas iniciales siguieron numerosas replicas que contribuyeron a
mantener el espanto entre los habitantes de la región.
Siguiendo
los datos aportados en dicha información las sacudidas iniciales fueron
registradas por todos los sismógrafos del mundo, y se conoce por noticias de la
prensa de la época que el terremoto fue perfectamente sensible y hasta produjo
pánico en otras zonas como Baracoa, Bayamo y Holguín. Su magnitud fue de 6.75
grados en la escala de Richter.